Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y también tenemos la alegría de nuestros dolores. Porque no nos interesa la vida indolora que la civilización del consumo vende en los supermercados. Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor que por tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y el amor al camino. Tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza vale la pena también cuando se pierde. Y sobre todo, tenemos la alegría de nuestras esperanzas en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en articulo de consumo masivo y universal. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano. Eduardo Galeano.

lunes, 7 de marzo de 2011

Puerto San Julián

Hace unos días ni sabíamos de la existencia de este pueblo, más que por haber leído por arriba su nombre en el mapa, como un punto más donde cargar nafta entre Comodoro Rivadavia y Río Gallegos.
Pero la suerte de nuestro auto nos hizo quedarnos por estos pagos más de lo que esperábamos. Y la idea de Llegar a Ushuaia el fin de semana se vio truncada.
El 12 se descompuso, y esta vez parece que lo van a arreglar en serio. El ruido feo que escuchábamos hace unos días atrás, volvió a atormentarnos en el medio de la ruta y por lo visto un litro de aceite no fue solución suficiente, más que para salir del paso.
Paramos por miedo a que se siga rompiendo, pusimos las balizas y 5 minutos después de verificar que los teléfonos de SOS están solo de adorno, dos camiones pararon para ayudarnos y nos remolcaron hasta San Julián, provincia de Santa Cruz. Aprovechamos estas breves líneas para dar gracias a Víctor y Guillermo por el empujón.
Pasamos algunas horas de bajón, un poco angustiosas, pero tratamos de transformarlas en seguida en paciencia y ganas de solucionar este nuevo problema, para así poder seguir avanzando.
Resumiendo, son varias cosas que hay que arreglarle al autito y no tiene sentido entrar en detalles, la cuestión es que venimos arrastrando desde Buenos Aires algunos desperfectos que varios mecánicos pasaron por alto, por falta de tiempo o desinterés.
Ahora, mientras esperamos ansiosos que arreglen nuestra casa con ruedas, disfrutamos de este lugar que fue para nosotros un hallazgo sorpresa que nos hizo sentir cómodos desde el primer día.


Puerto San Julián tiene dos avenidas anchas, pero ningún semáforo. Tiene un hipermercado, que no se llama Jumbo ni Carrefour, si no “La Tostadora Moderna”. Tiene casas bajitas de colores y floridos jardines, pero ningún edificio de departamentos.
En San Julián, la gente trabaja mucho, pero se toma su tiempo para descansar y dormir la siesta.
Dentro del el corto perímetro que rodea el pueblo, llevamos contados ya 3 cabarets, si si 3, por lo que imaginamos también que tienen con qué entretenerse en sus ratos libres.
Tiene una playa con península chiquita, una cascada chiquita y una laguna que hace juego también con la diminuta ciudad. Este paisaje es cuna de cormoranes y flamencos, y aunque no hemos visto ninguno, sabemos que también por acá rondan pingüinos y toninas.
Hicimos base en el camping municipal que está al borde de la playa, pudimos estirar las piernas un poco, dormir en forma bien horizontal, armar mas cuadernos, caminar y cocinar comida de verdad.
A partir de hoy inauguramos la lista de lugares donde probablemente algún día nos gustaría vivir, Puerto San Julián ya esta anotado.
Remolcada






viernes, 4 de marzo de 2011

El Atlántico y sus pequeños señores de frack

En Punta Tombo, la vida no es fácil. No se cobra aguinaldo, ni hay vacaciones, el trabajo es un deber y un orgullo que no tiene precio.
Se levantan temprano los pequeños trabajadores. Caminan rengueando y pese a eso no hacen caso a los comentarios ajenos. Saben que son vistos como gorditos simpáticos, pero eso no les causa ninguna gracia. Y a pesar de que en sus diccionarios no figura la palabra rodilla, con esfuerzo y sin flexiones logran alcanzar grandes velocidades.
Mirar el horizonte, caminar y nadar decenas de kilómetros por búsqueda de comida, y alimentar a los pichones es un trabajo tan duro como reconfortante y ésta es sin dudas una tarea que merece ir vestido de etiqueta.


 


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